Marietta de Veintemilla.

 

COMBATE EN LAS CALLES DE QUITO 

Por MARIETTA VEINTEMILLA MARCONI

 

Es víspera del 10 de enero de 1883. 

La ciudad envuelta aun en tinieblas, permanece silenciosa. Reina aparente calma interrumpida de cuando en cuando, por el ruido siniestro de las armas, y los medidos pasos de vigilantes jefes. 

Por fin, aparecen los primeros albores de la mañana, anunciando un día sombrío y nebuloso. Densas, plomizas nubes precursoras de la tempestad, atraviesan el firmamento, cual si se envolviera en luto la naturaleza, ante el espectáculo de sangre que se iba allí a presenciar. 

Medio velado aun por las nieblas, levántase al frente de la ciudad, el panecillo, cuyas faldas tocan las últimas calles que se extienden hacia el sur. 

Los acontecimientos de la víspera habían hecho desaparecer la estrategia, flotando en el espíritu del Ejército tan sólo, el entusiasmo y la lealtad. 

Cada cual se esfuerza en tomar las posiciones que se hallan a su alcance, no siendo posible extender la línea de defensa hasta la altura de los cerros. 

El enemigo se posesionó de ellas, haciendo de la metralla la mensajera de su venganza sobre Quito. 

A favor de la luz y tan lejos cuanto la vista alcanza, puede notarse los centenares de hombres que desfilan. 

Poco tarda en cubrirse el cerro de una muchedumbre ondulante que campea en las alturas y se extiende hasta el vecino Pichincha, donde se asienta el Estado Mayor enemigo. 

Luego se les ve descender por pelotones hacia las faldas del Panecillo. Comprenden nuestros guerreros al momento, que se han puesto al alcance de sus armas, y disparan. 

I I 

La lucha había comenzado. 

Me dominaba la inquietud a la vez que confianza en nuestro aguerrido y leal ejército; por tanto, había resuelto presenciar el combate desde las ventanas del Palacio. 

Allí escuché estremecida los primeros disparos, y atenta a los menores movimientos de nuestra tropa, vi caer en la calle de la Compañía un soldado, herido por el fuego que se hacía desde el portal del Palacio. Una bala hermana le arrancaba la vida. ¿Era posible resistir a este fratricidio inconsciente? Salí con precipitación hacia el portal. 

Ensordecía el estrépito de las descargas; las ametralladoras y cada uno de los soldados, hacían fuego sin cesar sobre la misma calle por donde nuestras guerrillas desfilaban, lo cual equivalía a darles muerte por las espaldas. 

¿Quién había dado tan desatinadas órdenes? Nadie supo decirlo, en tanto que se esforzaban, vanamente, el jefe de la columna de ametralladoras y otros más, en hacer oir su voz. Yo fui directamente hacia los soldados que manejaban las ametralladoras, tomé sus brazos y les ordené cesaran el fuego. 

Sea sorpresa o convencimiento, ante el impulso de desesperación con que mandaba, todos me obedecieron, cesando, por fin, un conflicto que podía ser de funestísimas consecuencias. 

I I I 

No fue la vanidad el móvil que me impulsara al juramento de no separarme del ejército, desde el instante aquel en que sintiéndome su jefe, no retrocedía ni ante el sacrificio posible de mi existencia. El orden que debía reinar en el combate como en la victoria, constituyó mi ambición única, sin que por esto fueran usurpados legítimos derechos, puesto que ya la traición y la pusilanimidad, se habían encargado de dejar el ejército sin conductores, y abandonándole a sus propios impulsos. 

Pocos generosos mis enemigos políticos, me han obsequiado en su diario "Los Principios" con una extravagante biografía, publicada el 10 de Febrero de 1883. Después de hablar de mi permanencia en el Colegio, dice en el número 6 de ese diario: 

"Pero el tiempo cambió el carácter de la niña, y comenzó a ser la Gobernadora del Estado con más firmeza y tiranía que el papá... Ella ha sido el alma de la resistencia en Quito; ella sola ha gobernado estas provincias durante la ausencia del Dictador, etc. 

¡El alma de la resistencia en Quito! ¿No me proporcionaba por ventura, esta felicidad inesperada que iluminó mi estrella repentina luz, la ausencia censurable de los superiores Jefes? ¿Cómo formar proyectos anticipados de ambición sobre hechos tan inesperados como anómalos? 

Hemos penetrado la causa de la autoridad improvisada con que el destino quiso convertirme en aquel país.